UNA VISITA INESPERADA

Suelo aparecer muy poco en fotografías. Soy consciente de que soy un tatuador de otra época; por eso, quizás, me cuesta tanto el «postureo» y ese acto de mirarse más a uno mismo que a lo que nos rodea. Por favor, entiendan que nos educaron bajo la idea de que esas conductas eran vanidosas.
Sin embargo, tras mis 27 años al frente de un estudio de tatuaje y piercing, siempre surgen anécdotas que es absolutamente relevante e importante retratar y divulgar; por lo tanto, resulta muy grato aparecer en ellas.
Esta semana he recibido la visita de Miguel Celada, invidente y antiguo delegado de la ONCE en Torrelavega. Para mí, además de un gran amigo, un ciudadano ilustre de esta ciudad. Gracias a él y a su entonces perro guía, T-bon, conocí la raza Golden Retriever y lo que significa la mágica compañía de un cánido. Aquello me llevó pronto a tener entre mis manos a un cachorro llamado Polder, que fue un hijo, un compañero de aventuras y también un gran amigo.

Se ama tanto y se siente tanto, que el sentimiento aflora desde nuestro interior. Queremos retenerlo y grabarlo por siempre en nuestro ser, en nuestra alma y, como no, en esa frontera de nuestro físico que conecta con el universo: nuestra piel.

El tatuaje es algo mucho más grande que una ilustración estética; es una expresión, es un lenguaje, es un grito desde el alma. Miguel rinde homenaje a los cuatro perros guía que han pasado por su vida, los cuales han dejado, sin duda, una huella imborrable en él.

Mi amigo Miguel, del que tanto he aprendido, me ha vuelto a recordar que no hace falta ver para sentir.